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jueves, 2 de abril de 2009

Al rico lomo

Era una tarde de verano, uno de esos días de calor bochornoso en Salamanca. Mi abuela y su hermano se encontraban solos en casa dispuestos a ponerse a regar el campo como les habían mandado sus padres. Pero de repente a los dos muchachos les entró hambre. Fueron a la cocina y no encontraron nada apetecible que llevarse a la boca. Eran tiempos de pobreza y escasez en España.
Pero a estos dos intrépidos niños, con el gusanillo que tenían, se les ocurrió ir a mirar a la despensa. Allí era donde guardaban sus padres la carne para la fiesta y cuando se iba a segar. Era costumbre por aquel entonces invitar a los vecinos que ayudaban en las labores del campo, a una buena comida. Y para ello dejaban apartados los mejores manjares a los que tenían acceso durante todo el año. Chorizos, lomo, salchichones y toda la carne que podían almacenar iba a parar al pequeño cuartucho. Llevaban meses sin probar la carne ni los embutidos, se apañaban comiendo el pan que cocían en el horno del pueblo y con las cosechas de las tierras que trabajaban.
Pues bien, había dejado a los dos pequeños famélicos buscando comida. Así que se subieron a un taburete y descolgaron una barra de lomo que colgaba del techo. Le apartaron la tripa y empezaron a comer. No les hacía falta ni pan. Del lomo embutido no dejaron más que un trocito pequeñísimo.
Así que tenían más fuerza que nunca para ir a regar el huerto. Una vecina se asomó y los vió que volvían ya a casa y les dijo que fuesen a hacer sus tareas como les habían mandado, pero ellos respondieron que ya habían regado toda la superficie. La vecina se quedó anonadada de lo rápido que lo habían hecho.
Por la noche cuando los dos estaban ya en cama, mi tío abuelo empezó a vomitar. El calor, el empacho de lomo y el sobresfuerzo que hizo regando le hicieron tener malestar en el estómago.Cuando mi bisabuela entró en la habitación empezó a gritar"¡Ay que el niño se nos muere, que se está deshaciendo por dentro!" No es que mi abuela fuese una exagerada, es que como vomitaba trozos de carne, y llevaban tanto tiempo sin probarla pensaba que eran trocitos de los órganos de su hijo.
Mi abuela escuchó los gritos y fue a ver que pasaba. Entonces confesó. "No madre, no, no se está muriendo, son trozos de lomo que hemos merendado esta tarde". Mi bisabuela salió disparada hacia la despensa, y viendo que el embutido había desaparecido se enfadó muchísimo y los castigó.
Pero lo peor fue que mi bisabuela no sabía qué hacer. Tenía que conseguir más comida para la siega que se aproximaba.


lunes, 9 de marzo de 2009

Los pollitos


Esta primera anécdota que voy a contar es posiblemente la más mítica y conocida en mi familia. Mi abuela tenía unos 6 añitos cuando pasó.

Mi abuela, hija de campesinos, vivía en un pueblo en la provincia de Salamanca. Es un pueblo pequeño, con casitas de piedra y estrechos caminos. Como en casi todos los pueblos, en la Plaza estaba el ayuntamiento, la iglesia, y no muy lejos estaba el frontón donde los niños y jóvenes solían jugar a la pelota.

Pues bien, un día en el que mis bisabuelos estaban tan ocupados como siempre, ya que tenían que salir a trabajar el campo, cuidar los animales... le encargaron a mi abuela, que era muy pequeña que cogiese a los pollitos y los metiese en una cesta para llevarlos al mercado.
Sus pequeñas manos, pero curtidas por el trabajo, intentaban coger a los pollos que salían corriendo para meterlos en la cesta. Iba cogiendo con cuidado uno a uno y metiéndolos en su mandilón que tenía recogido haciendo una pequeña bolsita hasta que hubo juntado unos cuantos. Luego los depositó dentro de la gran cesta. Acto seguido se dirigió a capturar a otros poquitos que quedaban en el corral pero cuando llegó a la cesta se encontró que los pollitos habían saltado fuera de la cesta de mimbre. Y los empezó a volver a meter, pero ellos no se estaban quietos dentro. Se estaba haciendo tarde y su padre, que tenía un fuerte carácter, la iba a regañar. Así que vió unas tijeras encima de una mesa y decidió que si le cortaba las patas a todos, los polluelos ya no saldrían de la cesta y acabaría antes.

El remedio fue peor que la enfermedad. Cuando mis bisabuelos la descubrieron cortando las patas de los pollos ya era tarde, y muchos de ellos ya estaban muertos. Naturalmente, mi abuela no se zafó de una buena reprimenda y bien seguro que le cayó un gran castigo.

Ya véis, cosas de niños... Y después nuestra generación es la que ha salido atravesada.

jueves, 26 de febrero de 2009

Explicación del Blog

He decidido escribir un blog con todas esas cosas que me cuenta mi abuela cuando la veo... la dura vida en la posguerra, cómo se enamoró de mi abuelo y sobretodo sus aventuras de cuándo era sólo una chiquilla traviesa que se las ingeniaba para poner a sus padres de los nevios. Os aseguro que sus historias son llamativas cuando menos. Hasta que mi abuela no me empezó a contar esas historias nunca pensé que los niños de antes fuesen tan pillos... que digan que la juventud de ahora es muy rebelde...